¡Hagamos volar la imaginación!

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Es difícil recordar a mi abuela, ella fue todo para mí, la única persona que ha podido tener esa unión neuronal tan fuerte que muy rara vez nos decíamos algo, bastaba con mirarnos a los ojos y comprendernos el uno al otro, desde un “ayúdame a ponerme los audífonos” hasta un “abuela por favor quiero agua”. Una mirada bastaba y el horizonte que nos separaba, así fuera por centímetros desaparecía, una sola mente en dos individuos.

Siempre hemos tenido esa capacidad, aunque un poder más bajo para las demás personas, siempre comprendimos lo que alguien pensaba en ese momento, con pequeñas variantes, deducimos si la persona era de confiar o no, si nos engañaba o quería algo de nosotros, solo mirábamos a alguien y enseguida lo conocíamos, jamás me he equivocado con alguien, mi primera impresión es lo que esa persona es, buena, de confiar, astuta, estafadora, etc.

Mi abuela fue mi madre, más que una madre, ya que dio a luz a la persona que iba a tener a su hijo más querido, desde el día que nací me educó, aunque no era una persona letrada, me dio muchísimo amor, un amor tan grande que jamás lo volveré a vivir, ese amor se fue con ella y solo está en mis recuerdos más profundos, hablar de ella y recordarla siempre me trae una pizca de nostalgia y hace que se me agüen los ojos.

Fui un niño sin padres, aunque vivos, no sienten ese amor por mí, lo que me han contado es que todo fue un desliz, un embarazo no deseado y heme aquí, tuve la gran suerte de tener a mi madre, mi verdadera madre, aquella que tuvo a la hija que le dio a luz a su hijo, por su memoria siempre he sido un hombre de bien, quien sabe que hubiese sido de mí sin ella, sin su amor.

Siempre se preocupó por mí, siempre la asaltaba la duda de que iba a ser de mi vida cuando ella se fuera, cuando me faltase, tener un hijo a los cincuenta años no es cosa fácil para el futuro, su hijo quedaría solo y desprotegido, su niño querido, la luz de sus ojos iba a quedar desamparado, que iba a ser de él, siempre lo vi en su mirada, su gran miedo, más que su vida, era dejarme solo en el mundo.

Aunque no lo parezca, la anterior introducción sirve para comprender el relato que voy a contar, pues se necesita saber un poco sobre los dos y lo capaces que éramos.

Solo mi abuela y yo conocimos la verdad al cien por ciento, mis tíos con quienes estábamos ese día en el zoológico estaban en la cafetería y nosotros dos estábamos aún mirando los hermosos animales.

Recuerdo que había pasado por la jaula del León, este estaba adormitado, me decepcionó que no rugiera o hiciese algo más que holgazanear, quería verlo en acción, que arrepentido estaría en pocos segundos de ese deseo, echado me miraba y yo seguí mi camino, no le di importancia a su pensamiento, para él, un niño de mi edad era un bocado exquisito.

Mi abuela se adelantó solo unos dos o tres metros, había un pequeño quiosco en el recorrido e iba a comprar agua, me había dicho con la mirada que no me moviera, que enseguida volvía y yo tranquilo me quedé mirando los osos de anteojos, recuerdo que me daba risa ver a ese gran oso echado con una pata subida en la jaula, que deliciosa manera de descansar.

Alguien me pasó corriendo despavorido, sentí la brisa de su carrera, gritando con todas sus fuerzas que corrieran, que el León se había escapado, un error del veterinario que creyó que podía entrar sin problemas y este con un rugido y un amague de ataque, lo asustó tanto que se apartó de la reja, dándole al León la oportunidad de escapar, pero no corrió, salió de la jaula muy tranquilo y se fue rápidamente hacia mí.

Creo que todo sucedió en milésimas de segundos, el pasillo quedó totalmente desolado, los cuidadores salieron corriendo a buscar la red y los tranquilizantes, pero ellos sabían que la tragedia estaba asegurada, el tiempo que iban a tomar mínimo una persona iba a salir muerta o herida, uno de ellos vio horrorizado mientras palidecía, como el León estaba a solo dos metros de distancia de mí, preparado para saltar y destrozarme.

Sé que saltó, yo estaba inmóvil, su mirada me decía todo, como me iba a atacar, como me iba a comer, como lo iba a disfrutar, sabía que iba a morir y no pude ni siquiera mirar hacia atrás para despedirme de mi abuela.

Pero no lo necesité, no sé cómo hizo ella, pero en el momento que el León saltó, ella lo atrapo en el aire, como si él fuera la presa y ella la cazadora, lo tenía apretado en el cuello con sus brazos, aquellos brazos acostumbrados a cargar ollas con sopa y arroz, aquellos brazos acostumbrados a cargarme, a golpear ropa para lavarla, a golpear carne para relajarla, acostumbrados a la vida del campo, esos brazos.

Tenía bien agarrada a la bestia, el León por un momento se vio sorprendido, creo que no se le pasó por su mente animal que alguien lo enfrentaría así sin miedo, sin titubeos, se sacudía violentamente, intentaba zafarse de mi abuela, pero esta dejó caer su cuerpo para hacer más peso mientras apretaba el cuello del León más fuerte, intentó aprisionar una pierna de ella con sus garras, pero ella velozmente colocaba las piernas detrás de sus patas, aún recuerdo lo molesto y violento que se sacudía, pero mi abuela se aferraba más a él como el candado más fuerte que se pueda conseguir en una ferretería.

En el forcejeo ella me lanzó una mirada, “HUYE, PROTÉGETE, APRESÚRATE AHORA QUE HAY TIEMPO”, pero yo me quedé, el León no tenía ninguna oportunidad, se lo dije con la mirada.

El felino estaba empezando a mermar sus sacudidas, ya sus sonidos eran de ahogamiento, de miedo, ¿Quién era esa criatura tan feroz que lo estaba matando?

Mi abuela lo estrangulaba, no iba a cesar hasta no escuchar el cuello crujir, no iba a cesar hasta que el León estuviese muerto y su hijo a salvo, aunque ella perdiera la vida con el esfuerzo que estaba haciendo ya que su corazón estaba delicado en ese entonces.

Pero me acerqué, le dije con la mirada que no había necesidad de matarlo, y con mis pequeñas manos aparté sus brazos del León, este cayó desplomado agradecido que podía respirar nuevamente, le toqué la frente y lo acaricié, le di a entender que todo estaba bien y este se dejó tocar, parecía un enorme gato asustado.

Mi abuela me miraba desconcertada, como un niño de mi edad era capaz de detener su furia y calmar a un León, y entonces lo vi.

Vi el peso de sus miedos caer, vi la relajación de sus hombros, vi como se dispersaba la duda, vi como entendió que ese niño era igual a ella, una fiera escondida, oculta, capaz de sobrevivir, de superarlo todo, de enfrentarlo todo, vi el alivio de su vida y sonrió.

Me abrió sus cansados brazos y me cargó en un abrazo mientras me besaba, me besaba muchísimo, sentía un orgullo, ya el León no importaba, sabía que no se iba a mover de su sitio, solo éramos los dos otra vez.

Nadie vio el encuentro, mi abuela dijo que el León se echó y no se movió, sabía que nadie le iba a creer y tampoco le importaba, yo no dije nada, ni siquiera me preguntaron, no nos importaba, no queríamos contar esa historia, era nuestra y de nadie más.

Ella ya no está, se fue hace mucho, pero se fue tranquila, porque sabía que dejaba a un hombre seguro de si mismo y capaz de superar cualquier adversidad que se le presentara en un futuro.

Gracias Abuelita.

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