¡Hagamos volar la imaginación!

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Tengo un don y a la vez una maldición pues poseo la capacidad de analizar cualquier situación, persona o acontecimiento.

Es por eso que soy detective, el mejor que pueda existir, y no es para vanagloriarme, no necesito hacerlo, tampoco tengo la necesidad, es simple estadística, ningún detective o persona puede  deducir tan rápido como yo, aunque algunos lleguen a la misma conclusión, yo siempre lo haré una tercera parte más rápido que ellos.

Tengo tantas historias en mi currículo, tantos casos de personas asesinadas, secuestradas, robos a bancos, infidelidades, todos ellos resueltos de una u otra manera, mi caso más famoso ha sido la del “Asesino de Modelos”, ese trabajo casi me cuesta la vida.

Pero hoy contaré mi caso más reciente, un caso que jamás quise resolver.

Siempre he odiado mi capacidad de deducción, me he ganado enemigos muy poderosos por la facilidad de inculparlos en cualquier situación donde hayan sido los autores materiales o intelectuales, estoy en la lista negra de políticos, mafiosos, policías corruptos, jueces y criminales del común, como ven, no es una vida tranquila.

Llegué a mi apartamento hoy en la tarde, había sido un día caluroso, la temperatura estaba disparada y el cansancio que llevaba era consecuencia en parte por la investigación que estoy llevando a cabo y la otra por el calor infernal que hace.

Me senté en el sofá y me recosté, mi esposa se estaba bañando en aquel momento, estaba esperando que saliera para saludarla, mientras tanto recorrí la sala con la mirada, todo lo tengo que ver, todo lo tengo que saber, ¡maldición!, pensé para mis adentros.

El teléfono fijo estaba mal colgado, las persianas semi abiertas, un cabello en una esquina, una media se asomaba debajo del sillón, tres telarañas en la sala, el perro no estaba, así que estaría recostado por alguna parte de la cocina, la lámpara estaba encendida, su bombilla denotaba desgaste y pronto tendría que ser remplazada, el cuadro de la sala, una copia de un Picasso estaba tres grados torcido, en serio, solo tres grados torcido. Cerré los ojos no quería pensar más, pero me llamó la atención el celular de mi esposa, estaba a mi lado en el sofá, era muy extraño que estuviese en ese lugar, se habría sentado a hablar, ¿pero porqué lo dejó aquí?

Lo tomé, tenía clave, lo ladee un poco y vi en el vidrio el consecutivo para desbloquearlo, cuatro números en forma de zigzag, nada difícil para mí.

Me fui a llamadas recientes y vi una llamada entrante que solo duró tres segundos, la hora de la llamada seis y doce p.m. El momento exacto en el cual metí las llaves en la cerradura, lo se porque llevo un reloj de muñeca y miraba la hora mientras abría la puerta, tengo memoria fotográfica, no olvido nada, y los relojes de la casa los tengo sincronizados, una de mis tantas obsesiones.

Una llamada de tres segundos, justamente en el momento que yo iba a entrar, y a mi esposa solo se le ocurrió salir corriendo a meterse al baño dejando tirado el teléfono, esto solo significaba una cosa, esos tres segundos son el tiempo suficiente para contestar, decir: “Ahora no puedo hablar” y colgar mirando el teléfono para ubicar el botón de “Colgar Llamada”.

Abrí su agenda de contactos, digité el número que había llamado pero no estaba registrado, fácil, abrí la aplicación de sus círculos sociales y agregué el teléfono, de inmediato apareció el nombre del dueño, “Carlos Gutiérrez”.

Somos una pareja que lleva poco más de dos años viviendo juntos, y cuando éramos novios alguna vez me habló de un ex novio que tuvo con el mismo nombre.

—     ¡Mierda! – dije para mis adentros, mi vida ya estaba lo bastante jodida como para que la mujer que amo me traicionara.

Claro está que aún no estaba cien por ciento seguro, siempre hay una esperanza, muchas veces las razones o los sucesos no son los que se creen, la hipótesis se basa en eso, crearlas y verificarlas. Borré el contacto que había creado y cerré el celular dejándolo en el lugar donde lo había encontrado.

Dejé que pasara un rato, fui y me bañé, pero por desgracia en la ducha todo empezó a formarse,  recordé las llamadas que ella me hacia, preguntándome donde estaba cuando ya casi debía ir a casa, las frecuentes salidas donde amigas y donde su madre, maldición, hasta la ropa interior nueva que compró, ¿Cómo no me di cuenta de eso? Quizás, no quería darme cuenta a propósito.

Salí de la ducha y me vestí, si las cosas se salían de control debía estar lo mejor presentable para dejar el apartamento, conocía muy bien a mi mujer y si algo le disgustaba iba a formar un escándalo para llamar la atención y cambiar el rumbo de las cosas, sabía que aunque no funcionaba conmigo, por lo menos hacia que yo desistiera de seguir en la discusión.

—Mi amor — empecé — ¿Te has visto últimamente con tu ex novio Carlos Gutiérrez?

La pregunta la tomó por sorpresa, salió del baño con los ojos totalmente abierto y mirando el celular que tenia en mis manos, sus pupilas se dilataron, tragó en seco, y aunque quiso guardar la calma se le notaba un nerviosismo en su voz y un pequeño temblor en sus manos.

— ¿De que estás hablando? Tengo siglos que no hablo con él.

Me debí detener, aceptar la respuesta, pero no, no podía hacerlo.

— ¿Y entonces esa llamada?

— ¿Cuál llamada? – me preguntó haciéndose la que no sabía nada.

—Aquella, la que contestaste hace poco.

—Seria de alguna amiga, no se.

—Esta llamada mira. — tomé el celular que lo tenía en la cama, me di cuenta que el número había desaparecido de entre las llamadas entrantes.

— ¿Lo borraste? –pregunté decepcionado, ella debería saber que no se me escapa nada.

— ¿De que hablas amor? Mejor ven, descansa un rato que debes estar cansado. – buen intento.

Abrí la aplicación de su círculo social, digité el número y me apareció el nombre de su ex de inmediato.

—De este número te estoy hablando, el mismo número que acabas de borrar con una llamada de tres segundos.

—Mi amor no tengo idea de donde sacaste ese número, no se, no he hablado con él en mucho tiempo. – intentó quitarme el celular, pero le aparté la mano.

—Entonces vamos a comprobar que sea así. – escribí “Hola” en el chat del contacto.

Una cachetada me sacó de mi concentración en espera de la respuesta.

— ¿Cómo te atreves? Eres un imbécil, esa es mi vida privada.

Ahí estaba, el escándalo augurado. El perro comenzó a ladrar.

Entregué el teléfono, ya no necesitaba más pruebas, me salí del apartamento caminando mientras me vestía la chaqueta, en estos momentos estoy sentado en un bar a pocas cuadras de ahí, tengo un vaso de Whiskey en la mano, mi mente da vueltas, analiza la situación. Mi trabajo me ha quitado muchas horas que debí pasarla con ella. Aún la amo, no he querido hijos porque temo por la seguridad de ellos.

— ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? – digo en voz alta.

Ahora tengo la decisión de perdonarla o dejarla, debería perdonarla, no soy lo bastante acartonado para no aceptar un engaño si promete dejar de hacerlo, el problema será que se agudizará mi desconfianza, viviré en un infierno, ya no creeré nada, ahora todo será analizado con más intensidad. Me tomó de un solo golpe el trago, pago la cuenta y me dispongo a irme para la casa.

Odio esta maldición.

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