Llego a la casa, acabo de discutir con mi mujer dejándola donde su madre, me siento un fracasado, tengo problemas económicos y no se qué hacer, no me alcanza el sueldo y siento que la vida poco a poco me está pasando sin haber logrado nada para ella ni para mi hijo. Necesito tener una solución rápida o el siguiente mes no podremos pagar el arriendo o siquiera comer, mucho menos comprarle lo necesario para el bebé (leche, pañales). Pienso, pienso, pienso, pienso, no hay salida, las tarjetas de créditos están copadas, mis familiares jamás me ha ayudado, mucho menos en esta situación, ya que no hablo de tres pesos  en realidad necesito mucho dinero.

Arrojo las llaves no me importa donde caigan, me tiro en el sofá, lo acaricio y recuerdo lo caro que me costó en esa época, la época en que creí que todo iba a ser color de rosas pero la veo tan lejos, el tiempo donde iba a los Grandes Centros Comerciales a gastar el dinero con una sonrisa de oreja a oreja, que lejanos y felices tiempos…

Miro a mi alrededor, al fondo veo la cocina, diviso un frasco, lo reconozco inmediatamente, es el veneno que compré para las hormigas. Me invita a un trago, me lo pienso, en realidad no es mala idea, tengo la vida hecha un asco y recuerdo que mi seguro cubre suicidios, cien millones de pesos valgo: es lo que pienso y me imagino a mi mujer e hijo disfrutando del dinero, comprando todo lo que querían, además no está la persona que les ha jodido la vida, es la imagen perfecta un plato menos, y una vida llena de felicidad. Me inclino para levantarme.

— ¡No lo hagas! – escucho una voz a mi lado, giro rápidamente mi cabeza.

Me creía solo pero no, en la otra esquina del sofá está él, sentado con las piernas cruzadas y la mano tocándose la barbilla con el índice alargado hacia la mejilla, recostado un poco hacia un lado en una actitud serena y relajada. Vestido únicamente con un pantalón negro, dejando descubierto su torso color rojo y músculos prominentes, los cuernos con llamas al final, su cola recogida en el sofá y sus pezuñas emanando una especie de humo con olor a azufre. Salgo de mi estupor y me doy cuenta que Satanás está en mi casa.

— ¿No deberías alentarme en vez de detenerme? – es lo primero que se me ocurre preguntarle.

—En otra época lo hubiese hecho, pero ya el infierno no es el de antes, hay muchísimas almas, con decirte que desde el siglo XVIII no ha vuelto a entrar una sola al cielo.

— ¿Ni el Papa? –una larga sonrisa me demostró que no.

— Saca cuentas y lo entenderás. Desde la “Santa” Inquisición no ha subido más nada en el cielo. – cuando dijo Santa hizo un ademán de entre comillas con los dedos. Es que mi papá se puso muy estricto con eso de entrar allá y pues ahí están las consecuencias.

Asumí que se refería a dios cuando dijo papá.

—Ósea que sí funcionó la Inquisición, mira que hacían su labor.

—Claro, tantas almas inocentes tenían que ir como mártires. Fue una bella época.

Me pareció irónico su comentario, de inmediato cambié de tema.

— ¿Y viniste solo a advertirme eso? – me extrañaba que alguien como él se molestara en visitarme.

—Sí, estoy haciendo una campaña para incentivar el deseo de ir al cielo, pero esto está muy difícil, con decirte que a aquellos que he visitado los mato de un paro cardíaco y van derechito al infierno ya que no tienen tiempo de arrepentirse. Tú eres el único que no se ha muerto corriendo.

—Es normal, me crié con cuatro hermanas, todas mayores. Te aseguro que ya el infierno lo conozco.

Movió la cabeza en señal de aprobación.

—Entonces, ¿podrías no suicidarte? – la pregunta me supo más a súplica, en serio que deben estar muy apurados allá.

—Está bien, pero respóndeme algo. ¿Tú eres dueño de los bancos verdad?

—Dueño no, el humano es mucho más perverso que yo, lo único que hago es asesorar. ¿No escuchaste la risa diabólica cuando firmaste la tarjeta de crédito?

—Pensé que era mi imaginación. – respondí asombrado.

—Si, eso pasa, todos creen que es su imaginación. – otra vez la sonrisa de oreja a ojera.

—Bueno entonces no tengo nada más que hacer aquí, nos vemos – se despidió.

—Un placer conocerte, déjame decirte que soy un admirador tuyo. Le dije antes que se marchara.

Satanás quedó estupefacto, miró por todas partes como buscando que nadie más nos oyera a sabiendas que estábamos los dos solos.

—¿Co… Como dices? Si no tienes nada que te delate como Satánico, ni siquiera un libro que hable del tema, ¿cómo es posible que me admires? – me miraba como un bicho raro.

—Sé que esa gente que sacrifica animales, pintan símbolos con la sangre y hasta la beben son  imbéciles que asumo debes odiar, yo te admiro no por las mentiras que dicen de ti, sino, porque eres mi héroe, un ser que se rebeló ante un padre opresivo que solo quería que le compusieras canciones que no te gustaban.

—Vaya, no pensé que alguien pensara eso de mí. ¿Qué mentiras dicen de mí?

—Pues eso que tú le sales a la gente, que eres el culpable de toda la maldad en la tierra, y hasta donde tengo entendido tú jamás has matado a nadie, es el mismo hombre quien lo hace, la maldad está en nosotros y todos te echan la culpa de eso.

—Está bien lo que afirmas pero bueno no soy, aconsejo que hacer, eso sí.

—Pero te hacen caso, la idea es solo la idea, nada más. Ejecutarla es lo malo, yo me imagino robándome un banco, pero no es mala la idea, si lo hiciera sí sería lo malo.

—Vaya es interesante lo que me dices – dicho esto miro hacia el piso, como pensativo.

—Además. – Proseguí – solo por rebelarte y decir que no te gustaba eso, que querías estar como tu padre, sentado tranquilo, la agarraron contigo y  el mismo te expulsó del cielo. Te echó de la casa solo porque no te gustaba su forma de pensar. Eso es absurdo. Yo me siento orgulloso de lo que has hecho y mira cómo has administrado de bien el infierno, eso es de admirar, un ejemplo a seguir.

Satanás se le empezó a salir las lágrimas, me le acerqué y lo abracé fuertemente, creo que es la primera vez que sentía el calor humano, que alguien lo comprendía y lo apoyaba. Satanás soltó en llanto, lloraba como un niño, todo el peso de estos milenios que recaían en él fueron disipándose. Luego de unos minutos empezó a calmarse y me fue soltando.

Ya más tranquilo y relajado se volvió a sentar en el sofá, luego de secarse las lágrimas, tomó una actitud más seria, vi cómo se avivaba su espíritu, era un ser renacido.

—Si llegas a contar algo de esto, no habrá sufrimiento alguno que haya padecido cualquier ser huma…

—Sí, sí, ya se, ya se: bla, bla, bla. – Lo interrumpí – ahórrate la advertencia, ¿quién en su sano juicio me va a creer esto? dirán que estoy loco y me encerrarían en un manicomio.

— ¿Entonces puedo confiar en ti?

—Solo con una condición.

—Ya sabía yo que no podía confiar en ti. – me espetó.

—Tranquilo que no es nada del otro mundo. Yo sé que para el cielo no voy a ir, así que por favor espero que el día que llegue por allá me tengas un buen lugar para pasar tranquilo la eternidad.

—Está bien, es un trato.

—No sin antes hacer la promesa del dedo meñique.

Satanás levantó una ceja sorprendido, aunque parezca una promesa inofensiva en realidad al hacer el pacto agarrándose el dedo meñique las almas quedan comprometidas y quien rompa la promesa sufrirá por diez mil años un dolor jamás imaginado. Muchos toman eso como un juego pero dejen a que mueran para que vean cuantos miles de años se han ganado sin saber. Hasta me parece bien, ya que una promesa no se rompe.

Luego de hacer la promesa desapareció, me quedé mirando el lugar donde estaba sentado, veo que hay partes quemadas del sofá.

— ¡ME VA A MATAR MI MUJER! – grité.

Me senté otra vez en el sofá agarrándome la cabeza con las dos manos pensando en el famoso refrán: “Mal paga el diablo al que bien le sirve”.

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