Han pasado doscientos años pero lo recuerdo como si fuera ayer.

Estaba sentado frente a mi computador, concentrado en un videojuego. Me gusta jugar de noche, sobre todo a altas horas de la madrugada, me concentro más y puedo disfrutar de la soledad. Además, a mi esposa no le gustaba que perdiera mi tiempo con videojuegos.

Pero esa vez algo extraño pasó….

Empezó a hacer un frío tremendo, hasta llegué a exhalar una bocanada de vaho que me sorprendió: vivo en tierra caliente. Sentí un aliento putrefacto en mi espalda…  Miré hacia atrás, tranquilamente… Se me da por no asustarme con facilidad, esta noche no era diferente.

Ahí estaba ella, la Muerte, justo como la describen, vestida de negro con capucha, la hoz sostenida con la derecha, la miré, pero no me miraba a mí, estaba absorta mirando la pantalla de mi computador.

— ¡Que horrible! — dijo, sin quitar la mirada de la pantalla.

Volví a mi posición, quité el pause a la partida y seguí… De repente, una bestia aparecía de la nada y me descuartizaba el personaje. La muerte quitó por un momento la mirada, aunque no tenia ojos, sino una calavera desprovista de piel.

—En mi vida había visto algo así. ¿Cómo puedes jugar eso tan de noche? —preguntó.

Me encogí de hombros.

— ¿No te da miedo? — insistió.

—La verdad no, al contrario me gusta jugar a estas horas para ver si me asusto un poco – respondí.

—Eres un hombre sin miedo. Me gusta. Por eso me acerqué a ti…

Retomé la partida y jugué un poco más, no nos mirábamos las caras, estábamos distraídos con lo que sucedía en ese universo virtual.

— ¿Has venido por mí? – pregunté sin el menor atisbo de miedo.

—Oh claro que no, solo pasaba cerca  y me interesó lo que estabas haciendo.

— ¿Te puedo preguntar cuando me toca? Es una duda lógica para todo ser humano.

—Y dañarte la diversión? Je, je, je, je.

—No sabía que  bromearas con estos temas.

Le ofrecí una silla, pero la rechazó.

—Tengo que ir a hacer un trabajo por aquí cerca, espero que no conozcas a la señora Dolores.

Sentí alivio: no la conocía.

—Tengo que desvanecerme e irme. Pero tengo una pregunta… ¿Cómo se llama el videojuego?

—“DeadSpace 2”.

— ¿Podrías cómpralo por mí? No puedo entrar en tiendas: la gente se muere del susto antes de tiempo. Tampoco tengo dinero.

La Muerte era pobre.

—Pero necesitas una Xbox.

—Lo sé… tengo una. Me encanta…

— ¿Cómo la conseguiste si dices que no tienes dinero?

La Muerte me miró con vergüenza.

—Una vez maté, es decir, le tocaba morir a un chico que tenía una… me la llevé sin que nadie me viera…

— ¿Y qué gano yo comprándote el videojuego? No son baratos, la verdad. Tengo una familia que mantener.

—Dentro de una semana tu hijo tendrá un accidente de coche. Tengo orden de ir a por él. ¿Qué tal si traspapelo la orden y dejo que tu hijo viva?

Respondí enseguida:

—Mañana tendrás el videojuego.

—Gracias. No volveré a molestarte.

— ¡Al contrario! Cuando necesites más, te los conseguiré a cambio de más vida.

Han pasado doscientos años desde esa noche.

Mi esposa, mi hijo y yo somos un caso único de longevidad en la historia de la humanidad.

Nadie entiende nuestro caso.

Yo no cuento el secreto a nadie.

Sólo diré que la Muerte es adicta a los videojuegos.

 

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